domingo, febrero 25, 2007


Puedes tener
cientos de horas reservadas,
bebida y comida
para una vida entera.

Puedes tener
la mesa clavada al suelo,
y lámparas de reserva
por si estalla una tormenta.

Varios pares de zapatos,
música para cada momento,
e incluso un teléfono
para hablar con algún amigo.

Puedes, si quieres,
rodearte de toda la seguridad
que te permitan tus manos.

Y respirar tranquilo
creyendo que nada fallará.

Pero,
tal vez,
sólo haga falta
un leve golpe de viento
para tirar la torre de naipes.

Un cambio inesperado
para que el mapa deje de marcar
cómo llegar al tesoro.

Tal vez sólo tengas
que plantearte quién eres,
qué estás haciendo,
para dejar abandonado
todo.

Porque realmente,
al final,
nada,
absolutamente nada,
puede quitarte la sensación
de que no vales ni un céntimo.

Nada te hará frenar
cuando abras esa ventana
y esta mañana el suelo
no parezca tan lejos.

2 comentarios:

pichín dijo...

Mientras no te falten albóndigas en lata nada malo puede ocurrir...

Quiero llegar ya!!!

Auriense dijo...

Pos que decite, majo. Será por las horas que son, o será por lo que sea...pero me ha llegado...sí, me ha llegado bien profundamente.